Sucede que cuando a uno lo obligan a no pensar, a no querer o en todo caso, a cambiar la manera de querer, siente como si le arrancaran un pedazo del cuerpo, como si le quitaran una pierna, un ojo, una mano…o medio corazón. Eso mismo, el corazón: se siente algo así como un infarto.
Cuando te dicen “no, ya no quiero” uno tiene dos caminos: perderse en la nostalgia y golpearse constantemente contra una pared que nunca podrá derribar, o salir adelante aunque eso implique una sequía de ideas, una falta momentáneamente dolorosa de inspiración, debido a que, a pesar de seguir queriendo escribirle cosas a alguien ya no puedes, porque podrias resultar incómodo, ofensivo e inclusive ser catalogado como un loco.
Yo sí he seguido escribiéndo(te) pero por razones muy obvias ya no registraré en este lugar las líneas que ahora he decidido llenar en otro lugar, uno no compartido, uno para mi.
Dicen que cuando a uno le matan la inspiración, así de golpe, puede inventar artimañas para volver a encontrar la manera de seguir botando lo que tiene dentro, sin incomodar, sin hacer sentir mal…sin que esa persona se de cuenta. Nunca.